Deborar diseñadores. Cómo les exprime la industria de la moda

Deborar diseñadores. Cómo les exprime la industria de la moda

, 1 de noviembre de 2015

Foto: Garconslikeyou. Hace unos días salió la noticia de que el diseñador belga Raf Simons va a dejar la dirección creativa de la legendaria firma Dior para poder centrarse en otros proyectos y poder disfrutar de más tiempo para sus inquietudes.

Es que no solo las modelos  tienen problemas para seguir el ritmo y la vorágine que envuelve a la industria de la Moda,

también los diseñadores tienen dificultades para cumplir sus compromisos. Y es que hacer seis colecciones al año deja a cualquiera extenuado, no lo dudéis.

Entre Alta Costura, Pret-a-Porter, que son las más conocidas, pero también otras como Ready-to-Wear y las colecciones Crucero , menos conocidas pero igual de importantes en la búsqueda de estimular a la clientela o buscar nuevos nichos del negocio. Además los pases privados de las colecciones para los clientes más fieles y distinguidos etc… Sin olvidar las inauguraciones de las grandes tiendas flagship (la tienda referencia o bandera) en muchos países.

Todo ello hace que el despliegue de la labor creativa sea ingente y continua; casi inhumana, y sea interrumpida constantemente por eventos irrenunciables por cuestiones promocionales. A pesar de tener todas las facilidades soñadas: Desde un completo equipo de colaboradores hasta facilidades de desplazamiento en jet privado entre otros muchos privilegios.

Una primera muestra de la intensidad que se requiere en este mundo tan competitivo lo pudimos ver con el suicidio ocurrido en 2010 de mi adorado Alexander McQueen, El Niño prodigio de la industria. Algo que sentí personalmente mucho porque lo admiraba, admiraba su estilo transgresor y sin puro despliegue de fantasía. Otra, que a todos se nos pasa por la mente porque fue impactante y de difusión viral por la red, fue hace cuatro años en ese vídeo donde vimos a un lacónico y destrozado John Galiano totalmente borracho en un café de París soltando a viva voz las tonterías que le pasaban por la cabeza, entre ellos, comentarios antisemitas. Le supusieron el despido fulminante de su puesto de director creativo de Dior y del todopoderoso grupo LVMH, dueño de la legendaria firma. Dejaron en el ostracismo a uno de los genios del sector hasta hace unos meses que fue rehabilitado para el mundo de la moda como nuevo director creativo de la maison belga Martin Margiela (afortunadamente, desde mi subjetivo punto de vista cuando hablamos de este monstruo de la teatralidad y el espectáculo en las pasarelas). De repente nos habíamos quedado sin dos referentes creativos en la Moda cuya necesidad en la industria es innegable por su espíritu inconformista y rompedor. Algo evidentemente no iba bien.

Recientemente, nos levantamos  con la noticia de que el norteamericano Alexander Wang deja por sorpresa hace menos de un mes la dirección creativa de unos de los portaestandartes del grupo Kering y su emporio de la moda, la sublime y tradicional casa española con sede en París; Balenciaga y ahora Raf Simons abandona otra mítica maison y su dirección creativa, nada más y nada menos que Dior.

Está claro que detrás de estas decisiones de Wang y Simons hay una necesidad comercial de atender sus propios proyectos personales, sus propias firmas, en las que desarrollaban sus ideas de forma más pura que el peso de la tradición de tan legendarios talleres. Firmas con sello personal, que suelen añadir dos colecciones más al año en la cuenta.  Esto da como resultado una labor de titanes casi inabarcable sin un buen equipo de apoyo. Insuficiente de todas formas.

Una vez que han conseguido toda la visibilidad posible a sus habilidades de crear prendas soñadas y admiradas por cientos de admiradores y algo menos de compradores, decidieron abandonar el carro y su modo de vida inherente tan asfixiante. Desde mi punto de vista es una decisión inteligente una vez que sus capacidades como creadores están fuera de toda duda y han fidelizado a miles de seguidores. Además, han disparado las ventas de estas tradicionales y conocidas firmas. Las han sacudido de su letargo, las han trasladado a la realidad del siglo XXI, renovándolas y modernizándolas a partir de las fórmulas que tradicionalmente las han hecho famosa y admiradas, introduciendo detalles aquí y allá para volverlas a conectar, para volverlas a hacer seductoras  y ¿por qué no? innovadoras.

El problema es que el ritmo de presentaciones que ahora exige la maquinaria incansable e insaciable de la industria de la Moda no deja espacio a los diseñadores y directores creativos a investigar otras vías e ideas de forma completamente desarrollada. Se  está acabando con la creatividad y las posibilidades de variaciones e innovación en las colecciones. Los diseñadores no tienen tiempo material  de pararse a darle forma a esas nuevas ideas, de desarrollarlas y configurarlas de la manera que a ellos les gustaría y con todas las posibilidades expresivas que para ellos podrían tener desde el punto de vista de la evolución del estilo de las marcas que lideran. A partir de ese golpe genial de inspiracion, que necesite ser atendido de forma inmediata para no desvirtuarlo. Ese punto rupturista que hace avanzar de verdad la moda como algo ciertamente inaccesible y siempre en vanguardia, poniendo en entredicho tradiciones, clichés o costumbres arraigadas.

Las firmas no quieren salirse de su zona de confort, sólo quieren un simulacro de renovación de las prendas continua ante el aumento de interés y la demanda, moviéndose cada vez en entornos más especulativos y lucrativos con unos márgenes de beneficios sonrojantes. ¿Hay realmente evolución cuando se asfixia de esta forma a los creadores de la innovación?. No, sólo hay revivals y reelaboraciones en la mayoría de los casos, que parecen ir más allá, pero solamente son relecturas de antiguas colecciones, en sus formas, líneas, adornos reinterpretadas en diferentes grados de profundidad.

¿Resultado?, la muerte de la creatividad en aras de crear una imagen de marca fuerte y divinizada y entronizada en el deseo y los sueños de millones de admiradores  y de miles de potenciales compradores que podrán reconocer rápida y de forma casi instintiva lo que hay detrás de cada logo. Sí!, hay calidad estética, hay un delicado y minucioso trabajo artesanal y artístico que justifica miles de puestos de trabajo súper especializados y compartimentados que requieren una formación increíble y que justifican gran parte de los precios pagados por ese trabajo tan sublime y admirado. Es verdad no es oro lo que reluce pero tampoco está todo sumido al engaño, la calidad del producto es en su gran parte real y tangible (El problema está en la otra parte de la ecuación donde entra el marketing, el deseo y el margen de beneficio más allá del justiprecio).

¿Pero donde queda el trabajo creativo?. Ni los diseñadores pueden ni las firmas, una vez establecida su identidad, realmente quieren.¿ Resultado?: Frustración, decepción por parte de los diseñadores que los puede llevar a la desesperación, al desdén o al desarrollo de patologías incluidas desde el consumo de drogas por el extenuante trabajo, el alcoholismo y hasta el suicidio como el de mi añorado Alexander McQueen, el cual fue un aviso en vano.

El celoso control de las firmas y los márgenes estrechos de capacidad creativa que se permite a los diseñadores es el resultado de esta retroalimentación entre el cliente eminentemente conservador en sus gustos, por su afán por lo reconocible en sociedad como símbolo de estatus y de consideración como algo extraordinario digno de élites y de grandes personajes del celuloide, la nobleza o la prensa rosa.

Como las modelos, los diseñadores son víctima de esta maquinaria devoradora imparable. Actitudes y movimientos como los de Wang y Simons son un rayo de esperanza, realizados en la cumbre de su éxito. Arriesgando por una mayor libertad creativa que nuevas generaciones de consumidores están dispuestas a apoyar con todo entusiasmo.

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